En julio, en la sala del consejo de la Ilustre Municipalidad de Chillán, cuatro restauradores subieron al andamio. Llegaron tras un concurso público que debió responder a una pregunta nada trivial: ¿quién está calificado para develar, milímetro a milímetro, algo que se creyó destruido durante cincuenta años?
Con su llegada comienza la tercera etapa de restauración de los murales “Principio y Fin” de Julio Escámez, posible gracias al financiamiento municipal que ha sostenido este proceso, y que es posible desarrollar bajo condiciones óptimas gracias a la constante asesoría de instituciones como el Centro Nacional de Conservación y Restauración (CNCR), que desde los primeros hallazgos ha entregado capacitación y supervisión especializada.
El mural fue pintado entre 1970 y 1972. A menos de un año de su inauguración, tras el golpe de Estado, las nuevas autoridades edilicias ordenaron ocultarlo. Durante décadas se creyó destruido a martillo, cincel e incluso balas. Lo creyó la ciudad, y lo creyó, hasta su muerte en 2015, el propio Julio Escámez, exiliado en Costa Rica.
Esa certeza se quebró a fines del 2021, cuando se realizaron las primeras catas exploratorias por encargo del alcalde Camilo Benavente. Bajo la pintura apareció materia pictórica original. Desde entonces, sondeos sucesivos e investigaciones (de las que han formado parte organizaciones como el CNCR y la CCHEN) revelaron algo más: la intervención posterior a la censura del mural incluyó modificaciones estructurales al edificio, y en 2024 se estableció que lo que se creía un solo mural es en realidad un conjunto de dos. Ese mismo año, el Consejo de Monumentos Nacionales aprobó por unanimidad la solicitud de declaratoria de Monumento Nacional de los murales, un reconocimiento que cambia su estatuto jurídico y formaliza lo que hasta entonces era, sobre todo, voluntad de quienes empujaban el proyecto desde la Unidad de Patrimonio de la Ilustre Municipalidad de Chillán.
Lo que distingue esta tercera etapa de las anteriores es el paso de la exploración a la ejecución sostenida. Ese salto no habría sido posible sin una decisión concreta: que el municipio destinara recursos propios a financiar un equipo permanente de restauradores. Es una señal auspiciosa, porque demuestra que cuidar el patrimonio no depende únicamente de fondos externos o golpes de suerte, sino también de la voluntad de una administración local de invertir en su propia memoria. La asesoría técnica no ha llegado a desplazar el trabajo, sino a formar capacidades locales, capacitando en terreno y guiando el trabajo realizado. Este tipo de alianzas entre una municipalidad e instituciones de carácter nacional ha sido responsable del éxito que está teniendo este proceso de restauración del mural.
Hay algo profundamente esperanzador en esta historia. Fue el alcalde Eduardo Contreras Mella quien, en 1969, encargó pintar un mural al artista Julio Escámez. Fue la dictadura la que, tras el golpe de Estado, ordenó censurarlo. Y es hoy, cincuenta años después, el alcalde Camilo Benavente quien encarga recuperarlo. Dos administraciones elegidas democráticamente, separadas por medio siglo, que apuestan porque la cultura, el arte y la memoria sean pilares fundamentales de la sociedad. Eso es un gesto de reparación que nuestra ciudad se está dando a sí misma, con sus propios medios, y que debería llenarnos de orgullo colectivo.
Ojalá esta experiencia sea el punto de partida de algo mayor: entender que invertir en patrimonio, con la misma decisión que hoy financia esta restauración, no es un gasto accesorio, sino una apuesta por la identidad y el futuro de la ciudad.
Cada capa que se retira es una pequeña victoria, y también una invitación. Cuando el mural pueda verse completo, será el resultado de una pregunta que alguien se atrevió a hacer, de una alianza técnica sostenida y del compromiso de una ciudad que decidió, con hechos, que su patrimonio vale la pena cuidarlo, incluso si se encuentra bajo doce capas de pintura.
Víctor Cárcamo8
Magister en arquitectura UC
Arquitecto Unidad de Patrimonio Municipalidad de Chillán
